23/08/2026
EL CAPITAL QUE DESPRECIAMOS
En contabilidad existe una palabra que utilizamos con frecuencia: depreciación. La usamos para reconocer que determinados bienes pierden valor con el paso del tiempo, por el uso, el desgaste o su obsolescencia. Una máquina, un automóvil, un equipo de cómputo se deprecian. Calculamos la depreciación y la reconocemos en los estados financieros. Es parte de la lógica contable. Aquello que se desgasta debe reflejar, de alguna manera, ese desgaste en su valor.
Pero hay otra depreciación de la que casi nunca hablamos y que, sin embargo, está presente en nuestra sociedad: la depreciación social de las personas. Y hay una palabra que se parece demasiado a depreciación, pero que pertenece a un territorio mucho más doloroso: desprecio. Mientras que la depreciación se calcula, el desprecio se ejerce. Una ocurre en los libros contables; el otro ocurre en la mirada, en las palabras y en la manera en que tratamos a las personas. Esa depreciación social aparece con el paso de los años: cuando las personas envejecen, comenzamos a mirarlas distinto, a escucharlas menos y a considerarlas menos atractivas, menos productivas, menos capaces, y en el extremo más cruel, menos valiosas.
Recientemente, las diputadas Nayeli Salvatori y Graciela Palomares generaron polémica por sus comentarios sobre los hombres mayores. En un fragmento de su podcast que se volvió viral, Salvatori afirmó que algunos hombres mayores “huelen a baúl del recuerdo”, mientras Palomares respondió que “ya se están pudriendo”. Sus expresiones fueron cuestionadas por el tono despectivo con el que abordaron el envejecimiento, las arrugas y el deterioro físico. Posteriormente, ambas ofrecieron disculpas y Salvatori anunció el cierre del podcast.
Más allá de la polémica y las disculpas, lo que verdaderamente me interesa es lo que esas palabras revelan sobre nuestra forma de mirar a quienes envejecen: ¿en qué momento decidimos que una persona pierde valor simplemente porque ha cumplido años? ¿Cuándo las arrugas, las canas y los cambios del cuerpo comenzaron a convertirse, ante nuestros ojos, en una forma de depreciación humana?
Quizá ocurre porque hemos confundido juventud con valor. Vivimos obsesionados con lo nuevo: el teléfono nuevo, el automóvil nuevo, la tecnología nueva, el rostro sin arrugas, el cuerpo joven y perfecto. Y lentamente trasladamos esa lógica de consumo a las personas. Lo nuevo parece atractivo; lo antiguo parece reemplazable. Pero una persona no es un producto. Un ser humano no pierde valor porque dejó de ser joven. Y, de hecho, en muchos casos ocurre exactamente lo contrario: el tiempo puede incrementar aquello que verdaderamente importa.
Creo que, en lugar de tratar a las personas como sujetos de depreciación con el paso de los años, la palabra que deberíamos utilizar cuando hablamos de adultos mayores es capital acumulado. Con el paso del tiempo, una persona puede acumular una casa, un terreno, ahorros, inversiones, un negocio, una pensión. Pero también acumula capital humano, conocimiento, relaciones, capacidad para negociar, capacidad para resolver problemas, experiencia laboral y criterio. Acumula errores y las lecciones que esos errores dejaron. Ese capital no aparece necesariamente en una cuenta contable o en una cuenta bancaria, pero tiene un valor enorme.
Además, existe una contradicción que me parece particularmente dolorosa. Muchas veces depreciamos socialmente a los adultos mayores mientras recurrimos constantemente a su capital acumulado. Los hijos que todavía no pueden comprar una vivienda regresan a la casa de sus padres. Quienes enfrentan una emergencia económica buscan a mamá o a papá. Los abuelos cuidan a los nietos mientras los padres trabajan. Los jubilados ayudan a pagar colegiaturas, medicamentos, despensa o algún gasto inesperado. Hay familias que sobreviven gracias a una pensión. Hay otras que se sostienen porque un padre o una madre mayor conserva una casa que funciona como patrimonio familiar.
Qué contradicción tan dolorosa: A los adultos mayores los hacemos a un lado por su edad, pero recurrimos a ellos cuando necesitamos aquello que durante décadas lograron acumular.
Los llamamos “viejos”, pero queremos vivir en la casa que ellos compraron. Decimos que ya no entienden el mundo, pero recurrimos a sus ahorros cuando tenemos una emergencia. Criticamos sus costumbres, pero necesitamos que cuiden a nuestros hijos. Decimos que pertenecen al pasado, pero muchas veces son quienes sostienen económicamente el presente de sus familias.
Quizá deberíamos tener el valor de reconocer que algunos de los adultos mayores que hoy son tratados como una carga son, en realidad, parte del capital económico que permite que muchas familias sigan funcionando.
Y esto me parece particularmente importante en un país como México, donde la familia sigue siendo una de las principales redes de protección económica. Cuando el Estado no alcanza, cuando el salario no alcanza, cuando una enfermedad aparece, cuando se pierde el empleo o cuando una familia joven todavía no logra construir un patrimonio, muchas veces aparece el capital acumulado por generaciones anteriores.
Y aquí quiero hablarles especialmente a quienes hoy son adultos mayores, a quienes quizá escucharon esas palabras y por un instante sintieron que alguien intentaba hacerlos menos por los años que llevan sobre los hombros. No permitan que nadie les haga creer que sus canas son una derrota, que sus arrugas son una vergüenza o que el paso del tiempo les quitó valor. No tienen que competir con los jóvenes, porque ustedes poseen algo que ellos apenas están comenzando a construir: capital. Capital financiero, cuando tuvieron la oportunidad de acumularlo; capital humano, construido con décadas de trabajo; capital intelectual, formado a través de los años; capital emocional, nacido de las pérdidas, los amores y las batallas; capital familiar, tejido con generaciones; y, sobre todo, un capital que ninguna cuenta bancaria puede comprar: el tiempo vivido y la experiencia ganada.
No huelen a baúl del recuerdo. Huelen a patrimonio. Huelen a trabajo, a esfuerzo, a familia, a memoria, a resistencia y a vida. Huelen a todas las mañanas en las que se levantaron, aunque estuvieran cansados, a todas las veces que tuvieron que comenzar de nuevo y a todos los sacrificios que hicieron sin publicarlos en redes sociales. Y si tenemos suerte, algún día nosotros también tendremos ese aroma.
Porque envejecer no es perder valor. Envejecer es haber tenido la fortuna de acumular años y, con ellos, diversas formas de capital. Y los años, cuando se viven con dignidad y principios, son quizá el patrimonio más valioso que existe.— Mérida, Yucatán
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Profesora universitaria y consultora financiera
En contabilidad existe una palabra que utilizamos con frecuencia: depreciación. La usamos para reconocer que determinados bienes pierden valor con el paso del tiempo, por el uso, el desgaste o su obsolescencia. Una máquina, un automóvil, un equipo de cómputo se deprecian. Calculamos la depreciac...