24/05/2026
EL PRECIO DE UNA BAJA CALIFICACIÓN CREDITICIA
Esta semana, mientras la mayoría de los mexicanos estaban ocupados con la vida cotidiana, se dio una noticia que se sentirá en los bolsillos de las familias. Moody’s Ratings, una de las tres agencias calificadoras más importantes del mundo, bajó la calificación crediticia de México, dejando al país a un solo escalón del grado especulativo: ese umbral donde un país deja de ser considerado una inversión segura y empieza a ser tratado como una apuesta.
Días antes, S&P Global Ratings ya había cambiado su perspectiva sobre México de estable a negativa. Y Fitch Ratings tiene al país en el último peldaño del grado de inversión desde hace tiempo. Las tres grandes agencias de calificación crediticia coinciden: México preocupa.
El problema es que el ciudadano común muchas veces desconoce lo que esto significa, y ese desconocimiento es, precisamente, lo que vuelve a la ciudadanía impotente ante decisiones que debería poder cuestionar.
Imagine que usted necesita pedir dinero prestado. Va al banco y el banco no lo conoce, así que busca referencias: ¿paga usted sus deudas? ¿Tiene trabajo estable? ¿Gasta más de lo que gana? Con base en esas respuestas, el banco decide si le presta, cuánto le presta y, sobre todo, a qué tasa de interés. Si usted tiene un historial impecable, el banco confía en usted y le cobra poco por el préstamo. Si usted ha fallado en pagos anteriores o sus finanzas están en desorden, el banco le cobra más, porque considera que prestarle dinero es un riesgo mayor.
Ese es, en esencia, el principio de las calificaciones crediticias para los países. Solo que en lugar de un banco local, los prestamistas son inversionistas de todo el mundo, y en lugar de un asesor financiero que lo revisa a usted, existen agencias calificadoras especializadas que analizan detalladamente las finanzas de las naciones. Entre las más conocidas se encuentran Moody’s, Fitch Ratings y S&P Global Ratings. Estas instituciones observan las finanzas de los gobiernos con una mirada fría y matemática. Analizan cuánto ingresa un país, cuánto gasta, cuánto debe, cuán rápido crece su economía, cuán estable es políticamente y si tiene capacidad real de cumplir sus compromisos financieros. Con todo ese análisis, emiten una calificación representada por letras, como si fuera la boleta de calificaciones de una escuela, solo que con consecuencias infinitamente más serias que reprobar una materia.
La escala más conocida va de AAA, que es la máxima calificación posible y significa que es un deudor muy confiable, hasta la D, que significa incumplimiento total. En medio hay una frontera crítica que separa lo que se llama “grado de inversión” de lo que se denomina “grado especulativo” o, en el lenguaje más crudo de los mercados, “bono basura”. Un país con grado de inversión es considerado relativamente seguro para prestarle dinero. Un país con bono basura es considerado de alto riesgo.
México está hoy, con Moody’s y con Fitch, en el último escalón del grado de inversión. Un escalón más abajo y caemos al abismo del bono basura.
¿Por qué llegamos aquí? Las razones que documentó Moody’s en su reporte son concretas y difíciles de rebatir. En dos años, la deuda pública bruta de México saltó del 39.8% al 49.3% del Producto Interno Bruto. El déficit fiscal, es decir, la brecha entre lo que el gobierno gasta y lo que realmente recauda, cerró 2025 cerca del 5% del PIB, un punto por encima de lo que el propio gobierno había prometido. A eso hay que sumarle el apoyo sostenido a Pemex, que sigue absorbiendo recursos sin mostrar mejora. Y la economía, lejos de compensar con crecimiento, proyecta menos del 1% para este año.
Una economía que casi no crece, que gasta más de lo que genera y que acumula deuda rápidamente, desde cualquier ángulo racional, es una economía en problemas.
Ahora bien, ¿qué pasa concretamente cuando a un país le bajan la calificación? La respuesta es que pedir prestado se vuelve más caro.
Cuando un país tiene buena calificación, los inversionistas del mundo compiten por prestarle dinero porque lo consideran seguro, y esa competencia mantiene las tasas de interés bajas. Cuando la calificación baja, esa confianza se erosiona y las reglas cambian. Cualquier entidad que salga al mercado a buscar financiamiento, sea el gobierno federal, un estado, un municipio, una empresa o una persona, lo hará en un entorno donde los prestamistas exigen más garantías, piden tasas más altas e imponen condiciones más estrictas. Esos intereses adicionales son dinero que no irá a construir nada. Dinero que simplemente se evaporará en el costo de haber perdido credibilidad.
Y ese costo no lo paga quien tomó las decisiones. Lo paga el ciudadano que ve cómo se encarecen sus créditos y encuentra que en el súper su dinero ya no alcanza. Lo paga el niño que estudia en una escuela que lleva años esperando una reparación que nunca llega porque el presupuesto se fue en intereses. Lo paga el enfermo que llegará al hospital y encontrará que faltan medicamentos e insumos porque el dinero alcanzó para menos de lo que se necesitaba.
La irresponsabilidad fiscal llega disfrazada de generosidad en los discursos políticos, como “inversión en el pueblo” o “gasto social prioritario”, pero en los mercados internacionales tiene un nombre diferente: riesgo. Porque un país que reparte lo que tiene sin crear las condiciones para generar más, no está invirtiendo en su pueblo, está consumiendo su futuro. Vale aclarar que las calificadoras no penalizan el gasto social. Penalizan el gasto que se evapora sin dejar infraestructura, sin dejar empleos formales, sin dejar una economía más fuerte al final del camino.
Por eso importa entender qué es una calificación crediticia. No porque sea un tema reservado para especialistas, sino porque funciona como el termómetro que revela si quienes toman decisiones en nombre de todos, están administrando con responsabilidad el dinero público. Y cuando ese indicador enciende alertas tres veces consecutivas, en evaluaciones distintas y por instituciones independientes, la respuesta no puede ser cambiar el termómetro. La respuesta tiene que ser atender la enfermedad.
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Esta semana, mientras la mayoría de los mexicanos estaban ocupados con la vida cotidiana, se dio una noticia que se sentirá en los bolsillos de las familias. Moody’s Ratings, una de las tres agencias calificadoras más importantes del mundo, bajó la calificación crediticia de México, dejando ...